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martes, 21 de abril de 2015

Avutardas



   Aún es de noche y el frío aire de la mañana se cuela por todas las aberturas del pequeño escondite situado en mitad de los campos estepeños de  Castilla.
   La luna llena ilumina la tierra y me acomodo para la larga estancia de 15 horas de duración a la espera de una de las gruiformes  más emblemáticas de nuestra fauna.
   Cuando este sol brumoso de principios de primavera comienza a calentar, aparecen por el horizonte dejando a sus espaldas las hermosas montañas del sistema  Central.

 
  Con un metro de altura y 16 kilos, estas aves están en el límite de peso por encima del cuál tendrían que renunciar al vuelo, así que aparecen caminando.  Por su adaptación al hábitat han perdido el cuarto dedo, que, dirigido hacia atrás, es propio de todas las aves que se posan en los árboles y conservan tres dedos dirigidos hacia adelante, lo que indica su carácter marchador.




    
 Los grandes machos se colocan en un cerro o en el centro de una planicie desde donde puedan ver y ser vistos y comienza una de las más bellas demostraciones de celo  de entre nuestras aves. Una vez en posición, la avutarda macho parece una bola blanca  que atrae la atención de las hembras.





   No deja de sorprender el grado de especialización de estos animales,  que han desarrollado en el cuello una bolsa gutural que sólo utiliza en estas ocasiones. Esta bolsa es un saco dilatable que inflan hasta dimensiones sorprendentes, basta decir  que  en otoño el perímetro del cuello de un macho es de entre 17 y 22 centímetros, pero cuando este receptáculo está lleno de aire, puede alcanzar los 50 cm. El modo  de inflar este “globo”, no es menos curioso.  La entrada de aire se sitúa justo debajo de la lengua, la avutarda toma el aire directamente de los pulmones  a través de la tráquea y lo expulsa con el pico cerrado y la lengua levantada, lo que permite la entrada de aire  en la bolsa; para vaciarla simplemente levantan la lengua. 


   La impresionante exhibición con el cuello hinchado y las plumas erizadas, atrae irremediablemente a las hembras, pero es tal el entusiasmo que el macho pone en su pavoneo que a veces no se da cuenta de la postura receptiva y el ofrecimiento de las hembras y estas terminan por retirarse sin haber realizado la cúpula.
   Tras detallados estudios el autor alemán Gewalt, afirma la existencia de la poligamia pero que sin embargo las hembras se reúnen año tras año con el mismo macho.



   Durante este periodo de exhibición las aves apenas se alimentan, sin embargo es sabido que dentro de su variada dieta se incluyen insectos tóxicos coma la cebollera común.  Estos insectos desprenden una sustancia llamada cantaridina* que ayudaría a las avutardas a purgarse y eliminar los parásitos internos, lo que redunda no sólo en una mejor salud sino en mayor éxito con las hembras, ya que estas suelen examinar meticulosamente la cloaca de los machos decantándose por los  que la tienen más cuidada y libre de suciedad.


 
   El amanecer y el crepúsculo son los momentos idóneos para que los machos ejecuten su pavoneo conocido como “hacer la rueda” y en los periodos de luna llena estas exhibiciones puede prolongarse durante la noche.










    *La cantaridina es un compuesto venenoso  producido por la cantárida y otros insectos. Aplicada sobre la piel ocasiona erupciones y enrojecimiento. Si se administra por vía oral provoca irritaciones en el aparato urinario y la erección del pene (no creo que esto sea aplicable a las avutardas) por lo que se creía que se trataba de un afrodisiaco.  Durante los años 70 se puso muy de moda la comercialización de este producto bajo el nombre de Spanish Fly, que es el nombre vulgar de la Cantárida (Lytta vesicatoria) y aún hoy se puede encontrar en el mercado aunque  ya no contiene esta sustancia.

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