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lunes, 29 de julio de 2013

... Y el banquete del señor oscuro.



   … bueno, “Merina” siempre fue una buena oveja. Se mantenía junto al rebaño sin salirse de su terreno y si alguna vez se despistaba, con el primer ladrido del perro pastor volvía a su lugar. Tuvo tiempo de criar a cinco níveos corderos y durante sus años jóvenes,  proporcionó lana y leche a su amo.
  
   El agricultor había conducido su tractor infinidad de veces a lo largo de los campos, los conocía como la palma de su mano pero algunas veces aparece una herida que borra las huellas conocidas. Cuando la rueda tropezó con aquella roca, el tractor se inclino hacia la izquierda y los dientes de la reja produjeron un profundo agujero en el suelo. El brusco movimiento hizo que el conductor se golpease la frente y le saliese un tremendo “chichón”. Cuando se repuso retiró la piedra con la pala de la máquina y la colocó  al lado del tronco de una encina donde no molestase.

   Desde el cielo el señor oscuro y su ejército alado lo veían todo... El devenir de la vida en los campos y la dehesa, los grandes rebaños de vacas y ovejas, las actividades de los hombres y  el  disimulado ajetreo de la pareja de gatos monteses.

   Tres meses antes la gata había estado en celo  y llegado el momento buscó un lugar donde tener sus crías.  Recorrió la dehesa y por fin encontró una vieja encina de grueso tronco con un agujero en la base, allí  tuvo una camada de  de cuatro rayados gatitos.
Ahora con un mes de edad, estas pequeñas “fieras” son insaciables y  aunque aún se alimentan de la leche materna ya piden alimento más sólido. Ella se ve obligada a salir a cazar muy a menudo y a medida que las presas escasean  sus ausencias son más prolongadas.

   Hoy el rebaño ha salido temprano y han llegado pronto a la dehesa, las reses avanzan despacio mientras se alimentan  entre los surcos que el tractor dejó la noche anterior y bajo la atenta mirada del  “carea”.
  
   La gata se  alejó mucho en busca de alimento y cuando vuelve a su encina con un “rabilargo” entre los dientes, el sol está ya alto en el horizonte. Observa al rebaño pastando en las cercanías, sabe que no es peligroso y se dirige a la madriguera. Sus cachorros la oyen llegar y reclaman alimento pero ella no encuentra la entrada.  Una roca está tapando el agujero de la encina y gira una y otra vez en torno al tronco buscando por donde entrar. Los gatitos maúllan más fuerte, ella intenta acallarlos pero tiene hambre, rasca el tronco con las uñas he intenta empujar la piedra.
El alboroto llama la atención del perro pastor que se acerca a ver que ocurre, la gata asustada huye entre el rebaño seguida por el perro, lo que provoca una ligera estampida en las ovejas.
“Merina” corre junto a sus compañeras sin saber que pasa hasta que una de sus patas se introduce en el agujero que el tractor dejó en la tierra. El hueso se quiebra con un ruido sordo y las astillas perforan su piel.
Se queda allí tendida, balando de dolor mientras el resto del rebaño se aleja. Nadie la hecha en falta hasta el anochecer cuando el pasto recoge  las reses y ya es tarde para ir a buscarla.

   Durante el tiempo que “Merina” permanece allí sin poder moverse, ve como el gato montes regresa, con mucho esfuerzo logra arrancar un trozo de corteza del tronco y entra en su madriguera. Alimenta a sus cachorros y después hace que la sigan tambaleantes hacia un lugar alejado donde buscar refugio.
Si alza la vista, “Merina” ve a los amenazadores buitres volando por encima de ella. Algunos incluso se han atrevido a descender pero no se acercan.,permanecen posados en la hierba, esperando…
Las horas pasan y sigue allí tumbada, soportando el dolor de su pata. Con el atardecer los buitres alzan de nuevo el vuelo y se alejan dejándola sola.

   Al día siguiente el pastor regresa a buscar su res perdida, la oveja está muy débil y la herida ha sido infestada por la mosca del “coco”. El ganadero decide acabar con el sufrimiento de la oveja y la degüella allí mismo.
   Dos horas más tarde el señor oscuro ha vuelto con su séquito. Hoy se promete un gran banquete…



























  
  


jueves, 25 de julio de 2013

La danza de la dama negra...



Hoy he vuelto a la dehesa.

He cruzado  la “portera” antes de que las estrellas quedaran eclipsadas por el amanecer. Todo está en silencio y sólo el  suave susurro de la hierba seca al quebrarse bajo mis botas rompe el silencio de la noche.

Me dirijo a la charca donde tengo montado el “escondite”, para cuando llego las primeras luces del alba empiezan a aparecer por el horizonte.

La espera se hace eterna; en  la charca sólo se mueven algunas tortugas y el canto de las ranas comienza a inundarlo todo.

Empiezo a pensar que me ha dado plantón y hoy no quiere bailar conmigo… pero al final vuelve, ella siempre  regresa, fiel a su cita.